(Autor: Dr. Arq. German Bode / En Vivo)
El punto cubano tuvo en la radio, sobre todo en la década del cuarenta, un extraordinario auge. Según nos dice la eminente musicóloga María Teresa Linares, en el prólogo del libro Décimas Cubanas. Improvisaciones rescatadas del aire y del olvido, de la autoría de este cronista, la etapa comprendida entre el desarrollo del fonógrafo y el disco, -a principios del siglo XX representada por Martín Silveira, Juan Pagés, Antonio Morejón, Agustin P. Calderón, Puertas Salgado, y más tarde María, la matancera y Nena Cruz, «La Calandria»- y el desarrollo de la radio, sobre todo en el primer quinquenio de la década del cuarenta, permitió el surgimiento de la llamada «época de oro» de la música campesina.
Eran múltiples los programas, canturías, festivales y fiestas patrocinadas por los «bandos». Estos, eran representados por cientos de trovadores. Se identificaban por pañoletas con los colores: azul, rojo y tricolor, colocadas alrededor de sus cuellos.
En los programas radiales y las fiestas campesinas – aunque también de forma masiva en ciudades o áreas urbanas-, los «bandos» siempre estuvieron representados por los mismos trovadores, convirtiéndose en íconos de estos.
Los «bandos» eran patrocinados por firmas comerciales, principalmente las cigarreras. Constituyeron un verdadero fenómeno en toda la Isla. Los más nutridos eran el rojo y el azul. Era tal el arraigo a esa manifestación cultural en nuestra población que, diariamente, se transmitían 12 programas de música campesina en siete emisoras de radio.
La población tenía su preferencia por alguno de los «bandos». La estación CMBF, antes de dedicarse exclusivamente a transmitir música instrumental variada, emitía diariamente tres programas de música campesina: en la mañana, en la tarde y en la noche.
Sin duda, los múltiples programas de música campesina que se transmitieron en esos años forman parte de la historia de la cultura y la radio cubana.
Cabe destacar el fenómeno que representó la amplia participación de la población en canturías, festivales, competencias, concursos y los llamados beneficios (muy en boga, principalmente para recabar ayuda económica para algunas personas e instituciones desamparadas).
En esos tiempos, se dieron a conocer figuras que trascenderían en la cultura de nuestro país: Jesús Orta Ruiz (Indio Naborí), Ángel Valiente, Justo Vega, Rigoberto Rizo y Fortún del Sal (Colorín), por solo mencionar a algunos.
Durante la década del cuarenta la pasión por el punto cubano y el furor por el campeonato de pelota estuvieron hermanados como parte importante de la cultura nacional. Eran dos manifestaciones que evidenciaban los entretenimientos más arraigados en la población cubana de entonces. Proliferaban las telas alusivas a los distintos «bandos», en los costados de los ómnibus que, repletos de personas admiradoras de la música campesina, se trasladaban hacia canturías tanto en la capital como en otras poblaciones.
A la vez, desde fachadas y balcones, los fanáticos de la pelota desplegaban telas rojas y azules e imágenes de leones y alacranes –símbolos de los equipos de Habana y Almendares– los eternos rivales de nuestro deporte nacional.
El autor de esta crónica, siendo un niño, fue la mascota del Bando Azul en Jaruco, su pueblo natal. Su presidenta era mi hermana Aida.
Recuerdo como, con mis amiguitos, recogía en las calles las cajetillas vacías de los cigarros Partagás, patrocinador de uno de los programas radiales de música campesina.
Cada 25 cajetillas del «cigarro que gusta más» representaba un voto para la competencia entre los «bandos». Siendo un niño, conocí a Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí. En sus intervenciones en los programas de música campesina por la radio cubana, más de una vez, el gran poeta dedicó bellísimas décimas a mi familia. A mi, me felicitó con una espinela cuando cumplí los seis años. No podía entonces imaginar que, más de 60 años después, hubiera tenido el privilegio de escribir, y ver publicado, su valoración múltiple en el libro que titulé: Naborí y su tiempo.
