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En Cienfuegos, Telmary Díaz y la música como arma para decir lo que piensa

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Telmary Díaz no encaja en ningún molde, y por eso deslumbra. Hay en ella una autenticidad y franqueza que no necesita alardes. Telmary vibra en clave de música: basta verla después de un concierto o en la intimidad de una entrevista para entender que su arte no es un oficio, sino una forma de respirar. La palabra virtuosa la encarna con una naturalidad que desarma, aunque a veces rehuye de ser reconocida como tal.

Conversa e improvisa, ríe, se emociona… La fluidez de su conversación sobre composiciones, armonías, ritmos, te invitan a escuchar sin interrumpir, porque Telmary exuda cultura y pasión. Su linaje —ligado al campo de la intelectualidad y el periodismo— la compulsa a indagar, analizar, escarbar sobre el origen de cada acontecimiento. Se asume así misma como una ‘negra liberta’ y desde bien temprano decidió convertirse “en ciudadana del mundo”. No se deja encasillar “en un género, estilo o una única manera de ver la vida”.

Reverenciada por su expresividad y carisma, la artista siente una conexión especial con Cienfuegos. “La pandemia fue inesperada y dura, y fue un momento donde me lo cuestioné todo, desde todos los puntos de vista: personal, profesional, económico —no esconde sus vivencias ni emociones—; la ciudad es muy importante para mí no solo por tener aquí a mis afectos, sino por la posibilidad de extender esos lazos con personas que se convirtieron también en familia, cuando la vida nos obligó a detenernos”, —hace referencia a la etapa del Covid-19. “Además, me abrió las puertas para desarrollar mi emprendimiento y, a pesar de las restricciones, no dejé nunca de hacer música en vivo. La propia dirección del teatro Tomás Terry apostó por realizar conciertos: con nasobuco y siendo muy estrictos con las medidas, pero se hicieron. Siempre me he sentido respaldada por su gente.

“El de hoy —un concierto en la sala principal del Terry cienfueguero, este sábado— ha sido tan bonito y no me lo esperaba. Todo lo que hago es de corazón, siempre pensando en la música y en los músicos que están aquí”.

Su historia junto a Interactivo —la banda dirigida por Roberto Carcassés y conformada por un grupo deslumbrante de intérpretes que marcaron a toda una generación en los 2000— fue un punto de inflexión. Con ellos, Telmary descubrió la versatilidad de moverse entre géneros con igual maestría, y en ese divertimento sonoro fue moldeándose hasta convertirse en la artista que es hoy.

“Los músicos vienen, van y siempre aportan a HabanaSana. Nunca me siento un ente independiente y hasta me molesta aparecer en primer lugar. Me gustaría que la banda tuviera un nombre propio, que no prevalezca el mío, aunque es una manera de ser reconocidos, somos una marca…

“A los de acá los bauticé como ‘Telmary and Friends’” —y sonríe, con esa picaresca que siempre la acompaña—. Vuelve al principio: “ha sido muy bonito reencontrarme con este público, aunque mucha gente va a La Habana y me sigue, no es lo mismo presentarme acá, en este teatro, porque sé cuánto lo quieren y respetan.

“Había que gozar y lo disfrutamos, pensé encontrar más público, pero eso nunca me afecta; mientras yo encuentre dos ojitos conectados conmigo, con la clave y con mi esencia, disfrutaré a plenitud. Las personas que acudieron dieron lo mejor de sí. No venía a Cienfuegos desde la pandemia, cuando los músicos tuvimos que reinventarnos, y entonces me fui a Canadá y luego a West Palm Beach, con mi hermana… He estado todo el tiempo entre Cuba y el resto del universo, porque siempre he hecho eso, porque soy ciudadana del mundo.

“Me las he ingeniado para de alguna manera poder andar sin esas restricciones que tenemos la mayoría de los cubanos, por ello me considero privilegiada, también por la posibilidad de llevar Cuba a los rincones del planeta y traer los rincones del planeta a Cuba, si no, ¿quién puede retroalimentar nuestra cultura?, ¿cómo mantener esa proyección si todo el mundo se va?, yo siempre he tratado de no desentenderme”.

Sostener el Tumbao de Telma ahora mismo es un acto de amor.

“Vivimos momentos muy duros y se hace muy difícil, porque hoy la familia cubana está enfocada en alimentar a sus hijos y salir adelante, mantenerse con lo básico; aunque continuamos con el emprendimiento.

“El Tumbao tiene un objetivo social exigente y es que todas las pacientes oncológicas que lleguen al negocio obtengan su turbante gratis, además del apoyo por parte de la comunidad, que vayan allí y salgan con la prenda o un vestido, pero sobre todo que se sientan lindas. Es expresarles: ¡dale, lo estás haciendo bien!, ¡no te dejes caer!… Se ha convertido además en una red de apoyo, más allá de ofrecerte un turbante, el Tumbao de Telma te ofrece seguridad.

“Que mis mujeronas no se sientan estigmatizadas porque lo están usando o que necesariamente signifique estar en medio de un proceso oncológico, el Tumbao significa ir vestida de reina y llevar una corona. Nadie tiene que saber qué tienes debajo, nadie tiene que saber cuál es tu lucha debajo de ese turbante.

“Es un proyecto muy ambicioso que se sostiene por mi esfuerzo y mi economía, lo que logro hacer en la música entonces se lo trasmito al emprendimiento para que no muera. Ha costado trabajo, pero vamos a seguirlo intentando, por lo pronto seguimos en los Almacenes de San José. Ahora no está en su mejor momento, pero tengo fe en que va a resurgir”.

Llegar a Broadway con una ópera de hip hop constituye su sueño más recurrente, porque como “comunicadora que soy no me basta con los escenarios conquistados hasta ahora, deseo llegar a otro contexto porque me encanta el Teatro musical.

“Deseo contar la realidad del emigrante, los primeros siete días, los primeros siete meses de un emigrante, latino o cubano (aunque no quiero ser tan específica y limitarme solo a una nacionalidad), ese vértigo de empezar de cero en un lugar desconocido”.

En coautoría con el pianista y jazzista Arturo O’Farril (hijo de Chico O’Farril) director de un proyecto en New York: Afrocuban Latin Jazz Orquestra, Telmary pone sus energías en conquistar nuevos escenarios a través de su Ópera de hip hop.

“Sí por qué no, pero a mi manera”, confiesa y se cubre el rostro cual símbolo de “no me juzguen”.

“Todavía no le he vendido mi alma al diablo, pero me voy a repartear en mi próxima producción discográfica. Tengo un tema con Rumbatá y Alexander Abreus, el cual estrenamos aquí al final del concierto. Prende todavía está en pañales, pero quise regalarle temas nuevos al público de Cienfuegos porque ustedes sí conocen mi repertorio completo y no quería que se fueran con la idea de que ‘Telmary cantó lo mismo’. Aquí hice tres estrenos.

“En esta nueva producción hay otro que se llama Mundo, junto a Robertón Van Van y parte de la banda, bien controversial e interesante” y donde participa Samuel (Formel), “quien me ha acompañado en todos mis discos tocando la batería y el timbal. Revisito clásicos como El manisero y El Diablito Baila, una composición de Amadeo Roldán, primer músico clásico que introdujo el tambor batá en sus obras, por su mestizaje familiar”.

“Continúo con mi investigación sobre la improvisación, el repentismo y la moyumba afrocubana como forma de improvisación que nos hace tener un lenguaje original a la hora de hacer hip hop.

“Fue la vía que encontré para hacer un hip hop auténtico, que no tuviera que pedirle prestado nada a la cultura americana, que no tuviera que imitar (hace onomatopeyas similares al acento musical con la boca y baila). Hombres, jeanes ajados, mujeres masculinizadas, porque eso fue lo que hicieron como vía expedita para convertirse en grandes raperas.

“No, yo mantendré mi femineidad y mi cultura, mis ancestros y voy a hacer el hip hop a mi forma, porque a mí nadie tiene que transformarme lo que yo tengo por dentro. Cuba tiene formas de improvisación más antiguas que la inventada en los años 70 en Brooklyn y dónde está eso, en el repentismo, en el changüí, en la música afrocubana y este ha sido mi gran experimento. Si te pones a pensar ese es el hilo conductor de mis discos, aunque tengo una deuda todavía con el repentismo, porque no he logrado llegar a los campos de Cuba y buscar a improvisadores naturales para aprender de ellos.

“No es posible que se pierda la música que yo he escuchado siempre, la de mis abuelos: su identidad”, y rapea: “no es posible que pierda en una mezcla facilista que llega a la vulgaridad.

“A mi todo el mundo me pone la etiqueta de rapera porque yo me debo al movimiento del hip hop aunque me siento más; me siento comunicadora, jazzista, cubana… yo solo utilizo la poesía como un instrumento de improvisación, en un momento quise ser periodista como mi mamá y me dijeron ‘coge un micrófono que vas a poder decir lo que te da la gana y nadie te va a poder callar la boca’, y así empecé. He navegado por todos los géneros posibles y ese es mi reto, me ponen un bolero, lo hago; una rumba, también, me ponen una tumba, y pa’ allá vamos; funky, vamos a fonkear.

“Ponme lo que tú quieras que ahí voy a estar yo, le pongo la clave por atrás y empiezo a rapear”.

Tomado del Periódico Cinco de Septiembre

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