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Mil y una formas de amar en la adversidad

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No piden permiso para existir, mucho menos para florecer. Eligen, a conveniencia, el sol o la sombra y, ni el peso de las gotas de lluvia o el viento insistente logran marchitarlas. Podrán lastimar sus pétalos, pero no se los arrancan. Las flores silvestres crecen, incluso, en medio de la maleza o entre las piedras. Y, sin perder su aroma, retoñan aun en la adversidad.

Sin duda, esa es también la esencia del amor, el sentimiento que, dicen quienes más han vivido, es capaz de hacer girar el universo. ¿Cómo puede algo etéreo mover el mundo? Por lo que nos lleva a hacer, por el pertinaz empeño de sanar y reparar, de sostener y andar entrelazados, de dejar rebrotes que multipliquen luego la dicha de la vida y la entrega sincera.

Ha llegado el Día del Amor y la Amistad, una fecha siempre esperada, a la que quizá, esta vez algunos miren con escepticismo o frialdad. ¿Cómo puede sobreponerse el amor a la adversidad? Puede porque se reinventa, porque lleva consigo la resiliencia innata de la felicidad y la esperanza, y aun si cambia de tonos y colores, sigue en su esencia siendo el mismo.

En tiempos en los que hay quien fertiliza la semilla del desaliento, insistamos en sembrar el amor. Se precisa no olvidar los motivos de sonrisas, las razones para llevar de la mano a quienes hemos elegido, porque hay lazos que salvan. Preservemos a toda costa los amores, acortemos lejanías entre las almas, sellemos diferencias y curemos viejas heridas.

Si el «sálvese quien pueda» quiere infiltrarnos la raíz o vientos ajenos azotan, insistamos en que sea la marca del amor nuestra huella en el mundo.

Pidamos hoy que para el amor no haya solo un día, sino una complicidad cotidiana, y que el 14 de febrero sea recordatorio de que existen mil y una formas de amar, para sobreponernos al odio, la guerra, la distancia. Que prime la parte de nosotros que se niega a renunciar, porque seguir amando en tiempos de tempestades, es como florecer contra todo pronóstico.

Tomado del Periódico Granma

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