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Fidel y su pueblo, en cualquier circunstancia

Fidel y su pueblo, en cualquier circunstancia

Fidel es un país. Fidel es este pueblo que se ve en él como hacedor de sus más altos sueños. Ni el tiempo ni la partida física han marcado distancias entre su pueblo y él. ¿Cómo explicar lo que ha significado estar cerca de las personas más humildes, sentirlas, interpretarlas y compartir la misma suerte? ¿Cómo definió el Comandante en Jefe el hecho de contar con el apoyo de aquella masa que lo amaba y lo se guía, de la cual se reconocía como parte, y que lo acompañó hasta el último de sus instantes?

A las raíces hay que ir para comprender a Fidel y toda su cosmovisión. Allá en Birán, desde los inicios de juegos y travesuras con los hijos de los más pobres, con los haitianos, se encuentran las respuestas. Allí es donde se entiende cómo aquel joven que podía aspirar a grandes logros personales, prefirió poner su virtud en función de los demás: una figura activa, atlética, que se distingue y lidera, que sobresale y conduce, que comprende y combate, se rebela y transforma en función de lo colectivo.

Para Fidel, la visión del pueblo fue creciendo en la medida en que comprobaba su fuerza. En el año 1952, en la histórica denuncia al Golpe de Estado del 10 de marzo que dio Fulgencio Batista, Revolución no, zarpazo, definió: “De principios se forman y alimentan los pueblos, con principios se alimentan en la pelea, por los principios mueren”. Así dejaba clara su interpretación martiana del valor y el poder de las ideas, de los valores del ser humano en unión.

Luego del asalto al cuartel Moncada, durante el juicio en octubre de 1953, emitió en el alegato conocido como La Historia me absolverá, una definición más precisa de pueblo, que rebasaba la mera agrupación por nacionalidad o espacio físico… aquel era el pueblo para el cual se hacía la Revolución: Entendemos por pueblo, cuando hablamos de lucha, la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen y a la que todos engañan y traicionan, la que anhela una patria mejor y más digna y más justa; la que está movida por ansias ancestrales de justicia por haber padecido la injusticia y la burla generación tras generación, la que ansía grandes y sabias transformaciones en todos los órdenes y está dispuesta a dar para lograrlo, cuando crea en algo o en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en sí misma, hasta la última gota de sangre. (1)

Esta definición deja bien claro el sentido de la lucha de aquellos jóvenes y el carácter social de su base programática, marcado por la transformación de la realidad y no solo por un simple cambio de gobierno.

El 21 de julio de 1957, ya en la lucha guerrillera en la Sierra Maestra, Fidel escribe a Frank País una carta extensa en la que aborda el funcionamiento del Movimiento Revolucionario 26 de Julio y sus percepciones acerca del curso de la guerra. En medio del detallado informe, expone otro concepto de pueblo que refuerza el emitido en La Historia me absolverá, ahora contextualizado en la realidad que vivía.

La palabra pueblo, que se pronuncia tantas veces con un sentido vago y confuso, se convierte aquí en realidad viva, maravillosa, deslumbrante. Ahora sí sé lo que es pueblo: lo veo en esa fuerza invencible que nos rodea por todas partes, lo veo en esas caravanas de treinta y cuarenta hombres, alumbrándose con antorchas, bajando pendientes enfangadas, a las dos y las tres de la madrugada, con setenta libras de peso al hombro, conduciendo abastecimiento para nosotros.

¿De dónde han salido? ¿Quién los ha organizado tan maravillosamente? ¿De dónde han sacado tanta habilidad, tanta astucia, tanto valor, tanta abnegación? ¡Nadie lo sabe! ¡Es casi un misterio! ¡Se organizan solos, espontáneamente! Cuando los animales se cansan y se echan al suelo imposibilitados de nuevos viajes, surgen por doquier los hombres y traen la mercancía. La fuerza no puede ya nada contra ellos. Tendrían que matarlos a todos, hasta el último campesino, y eso es imposible, eso no lo puede realizar la tiranía, de eso se da cuenta el pueblo y se hace cada día más consciente de su inmensa fuerza. (2)

No hay dudas de que aquella realidad sembró un compromiso de amor que dio sus frutos en el triunfo del Primero de enero y el 17 de mayo de 1959, con la firma de la Ley de Reforma Agraria, en la Comandancia de La Plata. Por el pueblo y para el pueblo que luchó junto a ellos: la tierra… y, con ella, el por venir.

Ya en el transcurso de la Revolución, son muchas las menciones y definiciones de pueblo que ha hecho Fidel, como constante en su visión revolucionaria, en su ética, y su práctica siempre al lado de las mayorías humildes: la importancia de contar con el pueblo para defender, sostener y desarrollar la obra, la necesidad de reconocer sus valores y colocarse siempre en la primera línea de combate junto a él; la certeza de que sin el pueblo no hay obra posible.

Por eso el 8 de enero, en su discurso en Columbia, hoy Ciudad Libertad, expresó: “(…) nuestra más firme columna, nuestra mejor tropa, la única tropa que es capaz de ganar sola la guerra: ¡Esa tropa es el pueblo! Más que el pueblo no puede ningún general; más que el pueblo no puede ningún ejército”. (3)

El día 17 de ese mismo mes, en Artemisa, reafirmaría “que uno de los pueblos más valientes del mundo es el pueblo cubano, que uno de los pueblos más inteligentes del mundo es el pueblo cubano, que uno de los pueblos más cívicos del mundo es el pueblo cubano”. (4)

En 1959 en Venezuela, durante su primer viaje luego del triunfo revolucionario, nuevamente alude al papel del pueblo, desde una perspectiva filosófica marxista, con un carácter más dinámico:

Yo creo en los pueblos como en algo vivo, como en algo capaz de hacer la historia, porque son los pueblos los que han hecho la historia, no los hombres. Los hombres pueden interpretar algo, adivinar, intuir una situación histórica determinada, las cualidades de un pueblo; pero si no hay pueblo no hay ni estadistas, ni generales, ni guerreros, ni nada absolutamente. (5)

Y sobre la base de esa idea, defendió en todo momento la concepción del pueblo como aquellos que nunca fueron tenidos en cuenta y era hora de reivindicar, como lo hizo en sus conversaciones con los intelectuales cubanos en el año 1961:

“Si a los revolucionarios nos preguntan qué es lo que más nos importa, nosotros diremos: el pueblo. Y siempre diremos: el pueblo. El pueblo en su sentido real, es decir, esa mayoría del pueblo que ha tenido que vivir en la explotación y en el olvido más cruel”. (6)

Y así se puede hilvanar en cada uno de sus discursos, entrevistas, intervenciones, diálogos, la idea sostenida de pueblo como aquellos que luchan por transformar su entorno, por ser escuchados y por la justicia social, porque “pueblo quiere decir energía, pueblo quiere decir valor, pueblo quiere decir espíritu de lucha, pueblo quiere decir inteligencia, pueblo quiere decir historia”. (7)

Podemos añadir, entre tantas versiones de una misma esencia, aquella en la que además echaba por tierra los prejuicios raciales y de diferencias de clase social:

¿Y qué es ese pueblo trabajador sino la más extraordinaria y hermosa unión, la más extraordinaria y entrañable hermandad? ¡Rostros de blancos y rostros de negros que se unen y se confunden en verdadera y profunda hermandad! ¡Rostros de hombres y mujeres, de jóvenes y de adultos! ¡Rostros de pueblo, de pueblo humilde, de pueblo trabajador! (8)

Y en ese camino, el pueblo y Fidel avanzaron juntos sobre los obstáculos, y celebraron los frutos del trabajo colectivo, las victorias en la ciencia, la salud, el deporte, la economía, la cultura. Por eso no vaciló en 1976, aquel día triste de despedida a las víctimas del sabotaje al avión de Cubana en el que perdieron la vida 57 compatriotas, decir que este era un pueblo enérgico y viril y que ante su llanto, la injusticia temblaba. El mismo pueblo que en los años noventa también peleó por mantener el socialismo, enfrentándose a muchas necesidades económicas sin doblegarse, cuando el campo socialista desapareció:

Este es el pueblo más noble que pueda concebirse, sacrificado, abnegado, valiente. Es un pueblo que luchó muy duro por su independencia hasta alcanzarla, que luchó muy duro por la justicia; que, afortunadamente, adquirió con la Revolución un nivel de cultura que está por encima de la inmensa mayoría de los países del mundo. (9)

El mismo pueblo que junto a él estaba dispuesto, en cualquier circunstancia, defender a la patria de las agresiones del imperialismo, hasta en los momentos más delicados y tensos de la Crisis de Octubre o por aquellos días oscuros de los 2000, en que Estados Unidos se decía combatir el terrorismo mundial haciendo listas negras para liquidar enemigos históricos y hacer guerras en nombre de la libertad:

No deseamos que la sangre de cubanos y norteamericanos sea derramada en una guerra; no deseamos que un incalculable número de vidas de personas que pueden ser amistosas se pierdan en una contienda. Pero jamás un pueblo tuvo cosas tan sagradas que defender, ni convicciones tan profundas por las cuales luchar, de tal modo que prefiere desaparecer de la faz de la Tierra antes que renunciar a la obra noble y generosa por la cual muchas generaciones de cubanos han pagado el elevado costo de muchas vidas de sus mejores  hijos. (10)

Pasan los años pero no la memoria, y el pueblo cubano sigue dispuesto a dar la vida por Fidel —que es lo mismo que decir Cuba, Revolución, amor— en cualquier circunstancia, como exclama el poema de Virgilio López Lemus. Esa es precisamente la impronta que marca, este 13 de agosto a la tropa revolucionaria, enfrentada a realidades nuevas y viejas que intentan infructuosamente socavar nuestra unidad y soberanía. A la cabeza de todos, marcha Fidel, y regresar a sus palabras es recuperar fuerzas para seguir adelante:

Más de una vez el pueblo cubano ha desafiado sin vacilar el peligro de morir. Demostró que con inteligencia, usando tácticas y estrategias adecuadas, especialmente estrechando la unidad en torno a su vanguardia política y social, no habrá fuerza en el mundo capaz de vencerlo. (11)

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Foto: Sitio Fidel Soldado de las Ideas.
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