2 de diciembre de 2021
EDITORIAL: Las medallas olímpicas de un estado «fallido»

EDITORIAL: Las medallas olímpicas de un estado «fallido»

Cinco veces ha subido Cuba a lo más alto del podio olímpico en lo que va de los juegos de Tokio. La actuación, en estos días, supera a lo que han hecho un gran número de naciones del mundo en toda su historia. Y es muy probable que se sigan sumando títulos. El orgullo del pueblo cubano por sus atletas —ganadores o no– no tiene que ver con la operación propagandística a la que reducen muchos de los adversarios de la Revolución el desarrollo del deporte en la nación.

Cuba no forma deportistas de alto rendimiento por megalomanía, lo hace como expresión lógica de un programa integral, que le otorga a la ciudadanía el pleno acceso a todas las disciplinas deportivas. No hace falta dinero para estudiar en una escuela de deportes en Cuba, solo hacen falta talento y capacidad. Por eso muchos de los campeones provienen de familias humildes. Y por eso —para estupefacción de algunos— no pocos de esos campeones les dedican su triunfos a la Revolución y al pueblo. Esta es una verdad como un templo: sin la Revolución, Cuba no hubiera sido referente del deporte en el continente. Y ahora, en medio de uno de los más difíciles momentos que ha enfrentado el país, no se ha desatendido la preparación de los deportistas. Es, en buena medida, un sacrificio, porque el deporte cuesta; pero constituye una responsabilidad del Estado y del gobierno.

Los resultados en competencias internacionales son un reconocimiento al país que formó y desarrolló a sus deportistas, por más que la administración estadounidense y algunos de sus acólitos consideren que Cuba es un estado fallido. El deporte cubano, como la ciencia y la cultura, demuestran la eficacia de significativas políticas de la Revolución. Pero no son ni siquiera las medallas el objetivo fundamental de esas políticas: es asumir el deporte como un derecho inalienable de toda la ciudadanía. Cuando gana un cubano, gana Cuba.

Ciertos voceros acusan a Cuba de politizar el deporte, ignorando el gran impacto popular de muchas de las disciplinas, y la vocación solidaria y respetuosa con que los deportistas y la mayoría de los cubanos asumen su práctica. Afirman que los deportistas cubanos que han abandonado sus equipos para residir y competir bajo otras banderas lo han hecho huyendo de una tiranía, en busca de libertad. Olvidan convenientemente el robo de talentos que sufren muchos países subdesarrollados, las propuestas tentadoras, las invitaciones a desertar… Lo que deberían tener claro es que, incluso calumniando a su país, buena parte de esos atletas son fruto de un sistema de enseñanza y promoción del deporte, mantenido a pesar de carencias y obstáculos. Y deberían tener en cuenta también la permanencia y el compromiso de la mayoría de los atletas.

Cuba ha celebrado los éxitos de sus deportistas en Tokio. Han sido un alivio en difíciles circunstancias, un soplo de esperanza. El cuatro veces titular olímpico Mijaín López lo dijo después de obtener su más reciente medalla: estos triunfos son una muestra de que, a pesar de los problemas, Cuba sigue siendo grande en el mundo. La grandeza de la dignidad.

(Redacción CubaSí)

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