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Eros pluralizado o
del tratamiento de la homosexualidad en la TV Cubana
Por:
Antonio Enrique González Rojas
ahspresidencia@azurina.cult.cu
Si bien la
homosexualidad como tema, conflicto o simple perfil psicosocial, ha
sido ampliamente abordada por el audiovisual --cinematográfico y
televisivo--, a lo largo y ancho del orbe terrestre, esta aguardó
décadas de desfase con las perceptivas mundiales para aparecer en la
respectiva palestra cubana.
El definitivo
descongelamiento del tema gay en las grandes y pequeña pantallas
nacionales fue provocado, indiscutiblemente, por las intensas llamas
desprendidas por la cinta Fresa y Chocolate (Tomás Gutiérrez Alea,
1993), donde la figura del lezamiano Diego, se erige como bizarro
símbolo de la pluralidad ideocultural del cubano, coartada, hasta
los mismos umbrales de la década de 1990, por timoratas intenciones
homogeneizadoras. Recuperada quedaba así la ecuménica concepción
de la cubanidad (legada por Ortiz) como ajiaco de saberes,
prácticas, verdades diversas e igualmente valederas. El homosexual
culto, espiritual, crítico, y sobre todo consecuente consigo mismo,
reclamó su lugar dentro de una nación donde hay espacio para todos,
sin que todos vean al mundo a través de lentes monocromos.
Otras obras,
patrimonio de la pantalla institucional, o de circuitos
alternativos, han pisado desde entonces este terreno, aún movedizo
por la pentacentenaria tradición viril de nuestro latinoamericano
país, bien desde la caricatura externa y pintoresca de Kleines
Tropicana (Daniel Díaz, 1997) y Las noches de Constantinopla
(Orlando Rojas, 2001); bien desde la discreta figura de Carlos Cruz
en La Bella del Alhambra (Enrique Pineda-Barnet, 1989); también
desde mayores indagaciones en los prejuicios homofóbicos que familia
y sociedad erigen contra los homosexuales, expuestos en Video de
Familia (Humberto Padrón, 2002) y Casa Vieja (Lester Hamlet, 2010);
bien desde el análisis de las dinámicas erótico amatorias entre
seres del mismo sexo, referidas indistintamente en Perfecto amor
equivocado (Gerardo Chijona, 2004) y El viajero inmóvil (Tomás
Piard, 2008). No ha faltado la referencia a posturas más extremas
como el travestismo, expuesto en Los dioses rotos (Ernesto Daranas,
2009); o desde disyuntivas más íntimas, frutos de la autorrepresión
y la frustración, desplegadas en Bailando Cha cha chá (Manuel
Herrera, 2005), y la descarnada Chamaco (Juan Carlos Cremata, 2010).
Dos almas, dos
cuerpos, dos hombres que se aman…
A la saga de la
cinematografía nacional, la TV Cubana tuvo que esperar las
postrimerías del siglo XX y los inicios del XXI, para colimar
personajes y situaciones de sino homosexual. Mientras que desde
foráneas latitudes llegaban a las masas televidentes criollas,
problemáticas de esta índole, incluso a través de las apreciadas
telenovelas brasileñas como Vale Todo (lesbianismo velado,
debidamente obviado por meticulosa edición casera) y La próxima
víctima (relaciones gay más explícitas, merecedoras de toda una
subtrama); ya sobre 1992, el excelente seriado cubano Pasión y
Prejuicio incluía en
su reparto el sutil personaje secundario del periodista Galarraga,
interpretado por Carlos Padrón, cuyo refinamiento es, en un momento
climático, acreditado a su homosexualidad; seguido poco tiempo
después por el farsesco, pero no menos atractivo Bolito, de Para el
año que viene, sorprendente y tardío detour en la casi (y
fatalmente) finalizada carrera actoral de Manolo Melián, eterno
villano de las “aventuras” cubanas.
El personaje del
homosexual casi siempre masculino, es asumido en estos audiovisuales
seriados, y en algunos teleplays de los ‘90 y principios de los
2000, como pieza peculiar dentro de sus entramados dramatúrgicos de
sesgo melodramático o humorístico, sin buscar colocar en cardinal
nodo situacional las conflictualidades social y personal, detonadas
por el (auto)reconocimiento como persona homosexual, factor
disonante dentro una dinámica social consensuadamente heterosexual.
Recordar la otra
telenovela Salir de noche, donde la trouppé de larguiruchas modelos
no careció de los igualmente frívolos maquillistas, hiperbólicos
hasta lo farsesco. Desde un prisma de representaciones más amable,
pudieran concebirse estas primeras tentativas como apreciables
prédicas de igualdad, donde más que “reflejar” la realidad cotidiana
aún prejuiciosa, se contrapusieron a ésta esquemas de interacción
sociofamiliar, donde la tendencia homosexual de los personajes se
imbricaba decorosamente con las dinámicas cotidianas y afectivas.
A medida que el
melodrama telenovelesco nacional ha ido adquiriendo guisa cada vez
más sociologista, en más/menos exitosos intentos por conciliar
emotividad lacrimógena con problémicas psicosociales, se ha ido
complejizando y priorizando la homosexualidad como conflicto
personal, llegando a, sin dudas, una de sus cúspides con la historia
del seriado La cara oculta de la luna, protagonizada por Rafael
Lahera, quien remonta el muy complejo laberinto socioafectivo de la
bisexualidad. A lo Far from Heaven (Todd Haynes, 2002), es
dinamitada la vida de este amante padre de familia, por un aseñorado
Armando
Tomey, en probablemente la mejor interpretación de su carrera.
Aunque el eje de la irregular propuesta eran los avatares de cubanos
infectos de SIDA, esto vino a ser conclusión casi tomada por los
pelos en dicha historia, cuya riqueza dramática desbordó los
bastante rígidos presupuestos originales.
Todo un retroceso
significa sin embargo la apenas desarrollada trama del jovenzuelo
“bitongo” de la recientemente transmitida Añorado Encuentro, el cual
se descubre homosexual desde el rechazo a su novia, perdiéndose
áurea oportunidad de abordar la prolífica conflictualidad familiar
entre padres “hétero” y vástago “homo”. Apenas una
crisis(ita) climática de facilista resolución, acaecida en los
últimos capítulos, entibia las gélidas calderas.
Prima casi de
manera absoluta, tanto en el cine cubano paralelo y subsiguiente,
como en estas producciones de más de una década atrás, la
representación del homosexual bajo la luz de Marte, y no de Venus.
Esto puede haber
ocurrido por una curiosa manifestación/desdoblamiento del machismo
tradicional, donde hasta en el tratamiento de la tendencia de
marras, el hombre prevalece cual figura primordial en la jerarquía
sexual cubana. Precisamente, tal ruptura con la ortodoxia moral
establecida hasta los ‘80 en el audiovisual criollo, debía provenir
de la desacralización de este canon axial de nuestra sociedad, al
estilo del sacrilegio extremo cometido por Brokeback Mountain (Ang
Lee, 2005), con la deconstrucción del cowboy
estadounidense, insuperable cúspide viril del país norteño.
Cuando una mujer
besa a otra mujer, tanta belleza…
La herejía sexual
de la mujer, aún segregada de los espectros de representación social
cinematográfica y televisiva, por actitudes más sutiles, casi por
atavismos condicionados, tuvo que aguardar un poco más para
encontrar ecos significativos, aunque, a la larga, más contundentes.
Se lleva entonces
la TV las palmas sobre el cine, en el abordaje de la homosexualidad
femenina, contando con una piedra fundacional como la teleserie (que
no telenovela) La otra cara, concebida por Rudy Mora, para ofrecer
una visión muy particular del hombre cubano contemporáneo,
dubitativo en medio de encrucijadas
morales/sentimentales/domésticas. Rasgada su coraza viril por ciento
una cuitas, revelando sus vulnerabilidades. El eje de una de las
cuatro historias narradas paralelamente, fue la relación amatoria
entre un retrosexual Alberto Pujols (sin dudas el personaje que más
le acomoda, amén las variaciones que pueda articular), y una
sensible
artista de la plástica, encarnada por Jaqueline Arenal. La creadora
satisface finalmente sus necesidades espirituales, negadas por la
brusquedad inexpugnable de su pareja masculina, con una modelo
sintonizada con su registro sentimental, en lejana referencia a la
novela El color púrpura, de Alice Walker.
Esta suerte de
feminismo lésbico, aupado por visiones masculinas, define claras
pautas en el tratamiento del amor entre mujeres, más poético,
espiritual, compartidas además por las clasificaciones esgrimidas
por los especialistas, donde los varones son categorizados
como HSH (Hombres que tiene SEXO con Hombres), mientras que las
féminas son MAM (Mujeres que AMAN a Mujeres). Aún continúa
subrayándose la delicadeza femenina convencional, en la
representación de las relaciones lésbicas, persistiendo el
estereotipo socialmente potable, amén que el cine mundial trascendió
este tópico tiempo ha, con filmes como Boys don’t cry (Kimberly
Peirce, 1999), y Monster (Patty Jenkins, 2003), donde las
respectivas Hillary Swank y Charlize Theron se desfiguran hasta la
retrosexualidad más burda, mereciendo sendos premios Oscar. La
subtrama lésbica de Aquí estamos adolece de dicha estetización,
donde también se frisa demasiado ligeramente el tópico bisexual,
concentrándose el enfoque en diversas gradaciones de
los códigos de valores de las homosexuales mujeres: las extremistas
autosegregadas, complejistas a la larga, v.s las naturalmente
asumidas, sin temor alguno a la expresión libre de sus preferencias,
para culminar en un final de tintes equívocamente homofóbicos, ya
que la fundamentalista lesbiana no fue balanceada por la
contraposición de un extremista heterosexual. Finalmente pierde a su
doncella en manos del galán más atractivo de la serie (que para más
señas fue nombrado Adonis). De más está mencionar, la escandalosa
ausencia del beso amatorio entre las actrices, actitud moralista de
realizadores (¿o productores, quizás?), que retrotrajo la propuesta
de un aporte realmente significativo a los anales audiovisuales
cubanos.
La actual
teleserie Bajo el mismo sol es la tercera entrega consecutiva de una
TV sincronizada a pesar de todo con la distensión (y la lucha por
ésta), casi eclosiva de los tabúes sexuales vivida por la sociedad
cubana de hoy. El tema homosexual acusa protagonismo cimero, e
inusual redimensionamiento, exhibiendo desde el primer capítulo de
la propuesta, como indiscutible mérito, la concepción del personaje
de la lesbiana varonil, relegada aún a los últimos nichos de las
escalas de tolerancia social, por su violenta discordancia con los
atributos estéticos de la mujer, último baluarte de quienes logran
trascender reticencias sexuales, siempre que se respete el arquetipo
femenino. De ahí el tema Delicadeza, donde Carlos Varela canta en su
disco 7, a la maravilla casi mística del amor entre doncellas. Con
este lesbianismo más “duro” interpretado sólida aunque patéticamente
por Dailenys Fuentes, catalizador de la masculinización de la mujer
en
todos sus aspectos, apunta a una disolución de fronteras sexuales
mucho más complejas de las previstas (y toleradas) por la mayoría de
la sociedad cubana, colocando al seriado en el ojo de un subrepticio
huracán, cuyas batientes fuerzas aún no alcanzan ni por asomo el
punto álgido en el país y su arte
Sitios web
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(Julio 2011)
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