Lo que no sabías del ingenio La Demajagua

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Mucho se habla, sobre todo un día como hoy, del  sitio donde dinamitó el cráter independentista de la nación. Sin embargo, hay  cuestiones de ese lugar, ubicado a unos 15 kilómetros de la ciudad de Manzanillo, que no son muy conocidos por nuevos o viejos.

¿Qué era y qué es La Demajagua? ¿Es cierto que su campana «rodó» hasta volver, mágicamente, a su punto de origen? ¿Cómo es ese relato del cosmos?

Estas son preguntas que necesitamos responder con más frecuencia, no solamente en los octubres.

LA SALVACIÓN DE UNA CAMPANA

Entre los pocos objetos salvados de la finca estuvo la campana de bronce con la que aquel 10 de octubre de 1868 se llamó por primera vez a la batalla por la emancipación nacional. Instalada en el ingenio en 1860 tenía  una altura de 59 centímetros y pesaba más de 200 libras.

Esta joya fue llevada por miembros de la compañía Venecia, Rodríguez y Cía  -a la postre propietaria de La Demajagua- a otro central de Manzanillo: La Esperanza. En ese punto estuvo algún tiempo, pero después, al cerrar tal local, quedó abandonada a la intemperie.

Durante años estuvo así hasta que en 1900, el alcalde de Manzanillo, el puertorriqueño Modesto Tirado, Comandante del Ejército Libertador y por más señas amigo de José Martí, la llevó al Ayuntamiento de la urbe.

Según relatan Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo en el libro Dos fechas históricas, el 10 de octubre de ese año fue trasladada, en un acto solemne, al salón de sesiones de la alcaldía manzanillera.

En tal sitio «moró» intacta hasta octubre de 1947, cuando Fidel Castro, entonces vicepresidente de la Asociación de Estudiantes de la Escuela de Derecho, llegó hasta la ciudad costera y pidió la campana, la cual presidiría simbólicamente un acto por el 10 de octubre, en la escalinata de la Universidad de La Habana.

Sin embargo, el cascabel libertario resultó robado de la casa de altos estudios por el gángster Eugenio Fernández, mandado por el presidente Ramón Grau.

El emblema permaneció secuestrado un mes hasta que múltiples protestas en Manzanillo y en la capital cubana dieron resultado: apareció tirado en el portal de Enrique Loynaz del Castillo, general del Ejército Libertador, quien lo entregó al mismísimo Grau.

Nació entonces, como cuentan los dos prestigiosos historiadores, un sano problema: los habaneros querían que el símbolo quedara en la capital y los manzanilleros lo reclamaban para su localidad. Finalmente, por orden del primer mandatario, fue transportado con honores a Manzanillo y depositado nuevamente en el Ayuntamiento.

En ese local residió hasta que el 10 de octubre de 1968, en el centenario del inicio de las luchas por la independencia, se colocó en el Parque Nacional La Demajagua, no lejos de la bandera tricolor de Carlos Manuel de Céspedes.

Allí no reposa sino que vive hoy, en la ventana de un grueso muro construido roca sobre roca…

¿POR QUÉ SE CONVIRTIÓ EN RUINAS?

Son miles los asombrados cuando se enteran que el antiguo ingenio azucarero del Padre de la Patria estaba cercano al mar o que, antaño, había sido un trapiche de poca monta. También se admiran al informarse de la historia de su destrucción.

Arrellanado en el portal de su casa de tejas y columnas dóricas, Céspedes podía contemplar las olas y mirar las operaciones de los barcos.

El abogado bayamés mandó a construir allí su propio muelle de madera, modernizó su industria y hasta realizó «publicidad» cuando hizo anunciar en periódicos de La Habana y de Manzanillo la excelencia de sus cañas, que medían «cinco pulgadas de grosor». Estuvo entre los primeros en el país en utilizar mano de obra asalariada en las zafras.

La finca, donde abundaba el árbol conocido como majagua, tenía 18 caballerías. Además del central con máquina de vapor, poseía un alambique para procesar aguardiente.

Pero esa historia de aparente prosperidad económica se vio interrumpida con el sismo  del 10 de octubre de 1868.

Siete días después de esa fecha cumbre La Demajagua se convertía en polvo y humo: era bombardeada salvajemente por el barco de guerra español Neptuno. Luego de la balacera, los marines de la metrópoli bajaron a tierra y entre el amasijo de escombros pegaron candela a todo: ingenio, casa, barracón de esclavos…

No resulta difícil imaginar la dimensión de aquel fuego con el que se destruyó, en un acto de impotencia, no solo una propiedad industrial y una vivienda vistosa sino también la papelería de Céspedes y con esta una de las mejores bibliotecas del país.

Esas llamas y el tiempo trocaron La Demajagua en ruinas…

EL ÁRBOL MÁGICO Y EL VIAJE AL COSMOS

Uno de los «milagros» obrados en La Demajagua está vinculado con un árbol centenario de jagüey. Este aprisionó curiosa y vigorosamente entre sus ramas una de las dos ruedas que sobrevivieron entre las ruinas del ingenio.

Al parecer, como narra emocionado el prestigioso investigador César Martín García,  quien fuera director de este Parque Nacional, la planta no quería que nada ni nadie se llevará el único vestigio del central azucarero de Céspedes.

Pero un día el jagüey empezó a morirse lentamente atacado por su edad (más de 100 años) y las enfermedades. Ante el hecho, «se le aplicaron varias cirugías vegetales, injertos botánicos y fumigaciones áreas». Todo eso: infructuoso.

Sin embargo, ese árbol había dejado, casi subrepticiamente, un hijo. Este, en una de esas casualidades extraordinarias de la vida, para sorpresa y alegría de botánicos e historiadores, comenzó a tomar el mismo lugar del padre. Y al crecer atrapó entre sus yemas, como había hecho el jagüey viejo durante décadas, la catalina original del central.

Así está ahora el hijo, como símbolo de continuidad.

Pero hay más en esta maravillosa leyenda de árboles: Antes de su viaje al espacio en septiembre de 1980, Arnaldo Tamayo Méndez, primer cosmonauta de América Latina, acudió a La Demajagua y tomó tierra del lugar; con esas partículas sagradas anduvo por los cielos.

A su regreso, abrió un hueco en un sitio del Parque Nacional, plantó una palma real y tapó parte del agujero con esa tierra que había llevado al cosmos. En el presente la palma crece inhiesta.

Otro hecho simbólico acaeció en octubre de 2006 cuando a la entrada de esta área abierta Lázaro Expósito Canto, entonces primer secretario del Partido en Granma, sembró un cagüairán, que día tras día se desarrolla y fortalece.

UNA SOLA REVOLUCIÓN

El punto donde Cuba oyó el grito de Céspedes y empezó a nacer como nación ha sido testigo de otros sucesos sobresalientes.

El 10 de octubre de 1968, fecha en que se inauguró el parque y con él un museo vinculado a la efeméride, Fidel pronunció allí uno de los más hermosos discursos de la memoria patria.

En esa ocasión expresó emocionado la célebre frase: «…En Cuba solo ha habido una Revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868 y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes».

(Tomado de CNC TV Granma)

 

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Autor: Redacción RCM

Equipo de editores del sitio Web de Radio Ciudad del Mar.

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