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Cienfuegos: la linda Ciudad del Mar
Si el mar no existiera, Cienfuegos no sería Cienfuegos. Pero el mar está ahí, haciéndole la corte día y noche, enamorado fiel de la península de Majagua, como un apacible lago enamorado, que el alba y el anochecer suele presentar una magnificencia azul-dorada.
Cienfuegos
-antes Jagua- tuvo sus colonizadores españoles y sus fundadores
franceses; pero antes acunó en sus aguas mansas a sus aborígenes
siboneyes y taínos del antiguo cacicazgo de aquel nombre, en las riberas
de esta espléndida bahía de ochenta y ocho kilómetros cuadrados del
centro-sur de la isla de Cuba.
Primero
fueron los siboneyes, inmigrantes amazónicos salvajes llegados a Cuba a
través del puente de las Antillas Menores, con su cultura mesolítica de
concha, dependientes del caracol y pequeños moluscos para su base
alimentaria y su ajuar. Después los taínos, ceramistas, artesanos
textiles, fabricantes de hachas petaloides e ídolos fálicos, asientos, y
ralladores de yuca, que invadieron y sojuzgaron al siboney. Los que
pudieron escapar -varios con alguna taína- se afincan en los mares del
norte y sur del centro de la isla y dan origen al cacicazgo de Jagua.
No
abandonaron aquí su quehacer de pueblo marinero, navegante, constructor
de enormes canoas, tallador de piedras y dibujante de petroglifos
indescifrables aun para la ciencia moderna. Nos dejaron, junto con las
huellas de sus utensilios de uso humano y los ritos funerarios, sus
leyendas. Estas fueron incluso agradables para el conquistador europeo que
interrumpe el ciclo vital siboney.
Andando
el tiempo, se asentaron en paz colonos españoles en este lado de la bahía.
José Díaz, en el lugar que hoy ocupa el hotel Jagua, procreó en su
rancho con la hermosa y dulce india Anagueia una larga y feliz familia.
Otro
español, de nombre Lope, se unió hacia 1528 con otra indígena, de la
que tuvo una hija que llamaron Mari, y dio origen a la leyenda de
Marilope, de la cual es símbolo la flor amarilla de intenso tono de
azufre, conocida por ese nombre, típica de la región sureña donde nace
silvestre en terrenos pedregosos y secos.
Tan
abrigada bahía de bolsa fue lugar predilecto de piratas, filibusteros, y
corsarios, algunos de los cuales hasta se establecieron temporalmente
desde 1540 en los cayos de su interior.
No
pocos creen que en lugares del litoral como el Caletón de Don Bruno, en
el Jucaral, al oeste de Cayo Carenas, los piratas hicieron enterramientos
de fabulosos tesoros procedentes de sus rapiñas, pero hasta el presente
no han sido hallados.
Enclavado
en una pequeña altura de su orilla occidental, a la medianía del
estrecho cañón de la entrada, guarda celosamente, con sus diez cañones
en tres explanadas, su torre de base circular con aspilleras verticales y
estrechas, su majestuosa cúpula con una tronera que semeja un ojo alerta
sobre las aguas siempre tranquilas.
Declarado
Monumento Nacional, el colosal castillo fielmente restaurado, puede ser
admirado por el visitante, quien recorrerá su capilla original, las húmedas
celdas, su foso profundo imposible de salvar si está elevada su rampa y
que permite la entrada al recinto amurallado, mientras escucha las
deliciosas leyendas del lugar.
En
1762 la zona del Castillo de Jagua se convierte en punto de concentración
de barcos y destacamentos militares españoles disponibles en el interior
de la isla, para desde allí salir a reconquistar La Habana, tomada por
los ingleses. Así este territorio se convierte de hecho en la capital de
la colonia hasta que se retiran los atacantes tras convenios con España,
que prefiere prescindir de la Florida pero no de Cuba.
Nuevos
colonos españoles se establecieron en los alrededores de la bahía, e
incluso levantaron tres ingenios azucareros, todo antes de la creación de
la villa.
A
partir de una vieja majagua, el alférez Félix Boullón Turner trazó la
primera manzana de la población, que continuó creciendo con semejante
trazado recto a medida que llegaban sucesivas oleadas de familias
francesas residentes en New Orleans, Filadelfia y Baltimore.
El
primitivo poblado comprendió veinticinco manzanas de cien varas
castellanas entre las calles Hourruitiner (hoy calle 33) hasta Velazco
(calle 23) de este a oeste; y desde Santa Clara (hoy avenida 50) hasta
Santa Elena (avenida 60) de norte a sur.
En
el centro, una plaza de armas, que hoy ocupa el parque José Martí. Allí
se puede ver una roseta evocativa del exacto punto referencial para el
trazado original, recto, amplio, característico antes y después de toda
la ciudad moderna, la única del país fundada por franceses.
El
20 de Mayo de 1829 el rey le concedió el título de villa y le dio el
nombre de Cienfuegos en honor de don José Cienfuegos, capitán general de
la isla. A Cienfuegos le fue concedido el título de ciudad por real orden
del 10 de Diciembre de 1880, considerando “el aumento de su
población, el progresivo desarrollo de su riqueza agrícola e industrial
y la importancia de su puerto marítimo”.
Esta
prosperidad se aprecia en sus construcciones de estilo neoclásico,
frisos, rejas, portales, etc., que resulta en ocasiones un conjunto ecléctico,
no obstante muy armonioso, engarzado dentro del trazado recto y ancho de
sus calles. Se considera a la ciudad una joya arquitectónica del siglo
XIX. |
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