Yo amo a Brasil por muchas razones. Es de hecho el gigante de nuestro continente, es también junto a Cuba uno de los tres países que aportan a la música contemporánea los mejores y más rítmicos sonidos de cuanto existen, es el país de los carnavales más genuinos de nuestro planeta y como si todo fuera poco, posee gente linda y que tiene alegría para regalar.
Pero también amo a Brasil por su fútbol, por sus grandes arquitectos y científicos, por su belleza y por su gran sentido de pertenencia, sin llegar a los extremos odiosos del chovinismo.
Claro, también amo a Brasil por sorprender constantemente al mundo, a este mundo donde ya casi nada es sorpresa por la cantidad de disparates que se cometen a diario y en cualquier continente, en cualquier país.
Y si no me creen, vean cómo Brasil nos acaba de sorprender: Es una nación donde increíblemente se destituye a la Presidenta del país con un golpe suave… o golpe jurídico (Dilma Rousseff); encima de ello secuestran al candidato que arrasa en las encuestas para un nuevo Presidente (Luiz Inácio Lula Da Silva). Se organiza una elección con un dictador probadamente corrupto, pero aún así en funciones (Michel Témer, un personaje que hace honor a su apellido, es de temer) y emporios mediáticos ayudan para que salga por cómoda mayoría como Presidente a un fascista confeso (Jair Bolsonaro).
¿No es Brasil, entonces un país sorprendente?.
Yo, confieso, que sigo amando a Brasil.






























