La
música se solidifica en el metal, el paso casual se eterniza en el
bronce, que ha sido moldeado por la caricia de las manos creadoras
del escultor, cuya idea sobre la esencia de Benny Moré encarnó en la
materia bruta.
El bastón ha cristalizado en la
deliciosa superstición popular como signo de buen augurio, y sus
puntas relucen libres de herrumbre, debido a los constantes roces de
quienes esperan la bendición del hijo predilecto de Santa Isabel de
las Lajas.
Ahí está la escultura de Bartolomé, no
sostenida en un pedestal encumbrador y solemne, sino afincada en el
suelo del Prado cienfueguero, con el rostro al nivel de las miradas
de los caminantes que se cruzan a su paso.
Camina al son de la música que emana
del ajetreo cotidiano de Cienfuegos,
bullicio matizado de anhelos, alegrías y tristezas, que fluye por la
principal arteria que es el Paseo del Prado, alimentando el corazón
urbano.
Inmune al clima o a la pura sucesión
de luces y sombras de cada jornada, la esfigie del sonero que murió
el 19 de febrero de 1963, contempla la ciudad que más le gusta, y le
canta en silencio una melodía de bronce..